
Imagina unas judías verdes que llegan al plato con un color indefinido, pastosas e insípidas. A veces, en singular compañía de unas patatas cocidas. ¿A quién le puede gustar eso?, y además, ¿pretendes que tus hijos se lo coman? Sin olvidar preguntarnos sobre el contenido de lo que estamos comiendo, porque la clorofila huyó hace un buen rato y las vitaminas, que algún día existieron, sólo son un sueño del pasado perdido en una piscina de agua borboteante.
Reconócelo, esas judías verdes, pero también podríamos estar hablando de brócoli o de acelgas, son aburridas, no hay quién se las coma y, para más inri, no aportan ningún nutriente. Su única utilidad será ocupar cierto espacio en el estómago, y poco más.
Las verduras, las de color verde, son una fuente excelente de minerales, vitaminas y fibra. Pero si se cocinan demasiado o a destiempo todos esos beneficios desaparecen. Eso no quiere decir que necesariamente se tengan que consumir crudas. Las verduras verdes se pueden escaldar, saltear, o incluso hervir, pero sin ahogarlas en la piscina. Si tienes en cuenta las cuatro ideas básicas que te propongo podrás disfrutar de unas verduras más sabrosas y con todos sus nutrientes, entre ellos la valiosísima clorofila.

Aunque estos consejos son para aplicar de forma general en casi todas las hortalizas verdes (brócoli, judía, acelga, espinaca, kale, guisantes tiernos, berro o incluso lechuga), hay excepciones que necesitan tiempos de cocina más prolongado de las que ya hablaremos en otros artículos como es el caso de la alcachofa y algunas coles.